El lenguaje es, ante todo, una función del cerebro, una propiedad de la mente. En el siglo XX se tuvo la impresión de que el lenguaje habitaba –si se me permite la expresión– en dos regiones básicamente del cerebro humano: el área de Broca y el área de Wernicke. Ésta última es la encargada de convertir las ideas en palabras y se comunica con el área de Broca, que planifica toda la secuencia de movimientos de los músculos que hay que generar para decir algo tan sencillo como «árbol». Las dos áreas producen abultamientos en la topografía, en la superficie de la corteza cerebral; y esto es una característica casi exclusiva de los humanos.
Dada esta peculiaridad topográfica, bastaba con estudiar los moldes endocraneales de los especímenes fósiles. Cuando los homínidos mueren sus cerebros, por supuesto, se descomponen, pero la morfología de su corteza, de su superficie externa, está impresa en las paredes internas del cerebro, y como los cerebros muchas veces se conservan es posible obtener un molde de la superficie cerebral de los homínidos del pasado. Así pudieron estudiarse ambas áreas, sobre todo la de Broca, que es la que más huellas ha dejado. Se vio así que restos con casi dos millones de antigüedad ya tenían un área de Broca incipientemente desarrollada, y era mucho más notable este desarrollo en humanos de cerca de 1.800.000 años: su área de Broca era como la nuestra. Pero la neurobiología ha descubierto que el área de Broca no está comprometida exclusivamente con la función del lenguaje: hay otras zonas de la corteza cerebral que están implicadas cuando hablamos o escribimos. Pero lo terrible para los paleontólogos fue cuando se descubrió que el área de Broca participa también de otras funciones: de los movimientos de precisión de la mano derecha. Así que en el caso de aquellos fósiles ya no sabemos si hablaban o más bien utilizaban con gran destreza las manos. Si no podemos acceder al lenguaje de manera directa, estudiando la superficie cerebral, ¿qué otra vía de acceso han encontrado los paleontólogos para acceder a este problema? Pues la otra vía de acceso es estudiar el órgano a través del cual el cerebro se manifiesta, y este órgano, conocido como aparato fonador o vías aéreas superiores, consta básicamente de las cuerdas vocales que están en la laringe, que es una fuente de emisión sonora.
Estas vías aéreas en nuestra especie no están sólo comprometidas en la emisión de sonidos, sino que tienen que desempeñar otras funciones que son capitales para la supervivencia: el alimento y la bebida pasa por estas vías aéreas y también el aire camino de los pulmones. En su anatomía las vías aéreas de un humano adulto son muy diferentes en un par de cuestiones capitales de las de un chimpancé, y la morfología de éste es la anatomía básica de un mamífero: los «raros», pues, somos los humanos adultos, y lo somos porque la cara es muy corta, está por debajo del cráneo, y nuestra laringe está situada muy abajo en el cuello respecto de la posición de un chimpancé. Y el hecho de que la laringe sea muy baja determina que la faringe sea muy larga y, por tanto, la probabilidad de que el alimento, en vez de bajar al esófago, «se equivoque» e ingrese en la tráquea es mucho mayor, y se produzca el «atragantamiento», que en los humanos es un problema grave. Podemos preguntarnos, pues, cómo es posible que la selección natural nos haya hecho esta faena. Darwin ya se ocupó de este enigma y encontró una respuesta: hay órganos que han perdido eficacia en el desempeño de una función pero han adquirido una función nueva que es más importante para la supervivencia del individuo. ¿Y qué función es la que desempeñan las vías aéreas de un humano que no pueda hacer un chimpancé y qué ha podido primar en términos de selección natural para cumplir sus otras funciones?
Podemos observar los movimientos de la lengua cuando producimos tres vocales: la «i», la «a» y la «u». Si comparamos el aparato fonador de un chimpancé con el de un humano nos encontramos con el segmento horizontal acortado y el vertical alargado y ambos son de la misma longitud. El triángulo vocálico es crucial para entender nuestra comunicación. Cuando hablamos y producimos las vocales que son la base del lenguaje, lo que es importante para comunicarnos es que los sonidos vocálicos sean claramente distinguibles y los tres sonidos que mejor se distinguen porque sus propiedades acústicas son las más diferentes son estas tres vocales. Estos tres sonidos no los puede emitir un chimpancé. Para conseguir esto se ha modificado nuestro aparato fonador. Como este instrumento tan especial que tenemos se puede argumentar que ha sido tallado por la selección natural, por su uso del lenguaje, hay que admitir –si esto es cierto– que pilotando ese proceso estaban las facultades mentales. Tuvo que haber una mente con capacidades lingüísticas que era la que dio rentabilidad a las variaciones anatómicas que permitían usar esta capacidad. Y todo esto, desde esta perspectiva, es lo que nos permite rastrear en la anatomía de los fósiles aquellos indicadores que nos permitan saber si la laringe estaba alta o baja y, por tanto, si hablaban o no; no si fueron los primeros, pero sí, al menos, que esos fósiles hablaban.
Revisado el : 23-06-2004 16:21
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