Colectividades debidamente asentadas en el territorio, con formas arraigadas de subsistencia y con peculiares manifestaciones espirituales, constituyen el fundamento de la sociedad venezolana.
En 1492 existía una cohabitación de modos de producción, sustentados en sistemas de recolección y en actividades agrícolas de naturaleza sedentaria. El trabajo significó entonces un reto en zonas semidesérticas como Lara y Falcón, pero condujo a resultados dignos de atención en los lugares de paisajes feraces.
En ambos casos, nuestros aborígenes desarrollaron significativos avances, como la construcción de camellones, sistemas de regadío y baluartes para protegerse de las inundaciones.
Un sistema que mantuvo con regularidad y que no se limitó al consumo de comunidades aisladas, sino que también se atrevió a fructíferos contactos con comarcas vecinas.
Gracias a una rica cosmogonía que informaba de la vida y de la muerte, que determinaba las jerarquías de la sociedad en la bonanza y en la carestía, en la paz y en la guerra y que distinguía en terminos religiosos entre lo propio y lo ajeno a través de exquisitas manifestaciones de culto, se pudo establecer un fenómeno religioso que pudo resistir los embates de la conquista española para sobrevivir a través del tiempo. Capacitados para la convivencia entre pares, mas también para la guerra con los rivales más cercanos, conquistaban y dominaban territorios, esclavizaban y aprisiionaban al derrotado, cobraban impuestos y hacían paces cuando convenía. Así lograron un dominio pleno del territorio a la altura de 1492, cuando los españoles se toparon con ellos. Bajo la figura del cacicazgo, superaron el reto de la supervivencia y parecían llamados a una etapa diversa de desarrollo cuando ocurre el inesperado encuentro con la cultura europea.
En nombres como los de los caciques Baruta, Carapaica, Cayaurima, Chacao, Guaicaipuro, Guaicamacuto, Orocopón, Tamanaco y Yamarí, se resume el vigor de un tipo de vida y los rasgos de un género humano qu debía caer en los brazos de una hostilidad sustentada en la arrogancia y en la superioridad de sus elementos ofensivos.
Sin las manifestaciones arquitectónicas de otras culturas prehispánicas de América y sin el soporte de los metales preciosos que en otros lugares permitieron primorosas labores y formas refinadas de vida, una cultura peculiar se expone al subresalto, a la mudanza y a la desaparición cuando unos hombres más fuertes por la posesión de medios incomparables de acometimiento, los persiguen y los dominan por el camino de la crueldad. Revisado el : 22-08-2004 20:44
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